Del ocaso de la dádiva al amanecer del derecho

La odisea del aguinaldo

Lo que germinó como una semilla de caridad en los cafetales floreció, tras la tormenta de 1948 y el rugido de las bananeras, en una ley inquebrantable. Crónica de cómo un “resello” legislativo transformó la migaja voluntaria en el pan nuestro de cada diciembre.

El invierno de la incertidumbre

Antes de 1954, diciembre era una moneda lanzada al aire para la clase trabajadora. El “aguilando” era un fantasma que aparecía solo si el patrón amanecía con el corazón abierto; si la cosecha era magra o el humor agrio, la Navidad llegaba desnuda, sin víveres ni licor que calentaran la mesa.

Aunque las Garantías Sociales de 1943 habían encendido la luz de la justicia, este pago permaneció en las sombras, huérfano de ley. Era una ruleta rusa donde la simpatía valía más que el sudor, hasta que la inflación de posguerra, cual bestia insaciable, devoró los bolsillos y volvió insoportable la dependencia de la limosna.

Una victoria con sabor agridulce

El ajedrez político movió las piezas de la historia. El 11 de diciembre de 1954, buscando cicatrizar las heridas de la guerra civil, el gobierno de Figueres Ferrer tejió la Ley N.º 1835. Fue un bálsamo estratégico para seducir al pueblo, pero la cobija nació corta: solo abrigó a los servidores públicos.

Mientras la burocracia probaba la miel del triunfo, el grueso del ejército laboral seguía caminando por el desierto. Peones y comerciantes continuaron atados al capricho de sus señores, profundizando una grieta de desigualdad que tardaría un lustro en ser puenteada por la justicia.

El veto y la hoguera social

En 1959, el diputado Luis Alberto Monge intentó derribar los muros de la exclusión. Sin embargo, su propuesta chocó contra el escudo de Casa Presidencial: Mario Echandi vetó la ley, temiendo que la economía empresarial naufragara. Aquella negativa fue la chispa que incendió la pradera del descontento.

El conflicto abandonó los despachos y echó raíces en el barro. Una marea humana de trabajadores bananeros en el sur detuvo los relojes de la producción, alzando un grito unísono. El rugido de las plantaciones hizo temblar los cimientos del Valle Central, exigiendo dignidad.

El martillazo legislativo

En un pulso de titanes, el Congreso decidió no doblar la rodilla ante el Ejecutivo. En octubre de 1959, los diputados blandieron el “resello” como una espada, ignorando el veto y grabando en piedra la Ley N.º 2412. El clamor popular, vestido de huelga, venció finalmente al miedo financiero.

Aquella regalía frágil se cristalizó en el pilar de granito que hoy sostiene la economía decembrina. El aguinaldo, ahora blindado e intocable, llega antes del 20 de diciembre como un monumento vivo, recordándonos que los derechos no caen como lluvia del cielo, sino que se cosechan tras la tormenta.

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